El final y las fases del duelo, extracto del capítulo 3

“No es el cambio el que produce el dolor. Es la resistencia al cambio.

El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional” Buda


Todas las transiciones empiezan por un final, ya sea porque te despidieron, porque tus responsabilidades laborales cambian (un ascenso, una transferencia lateral, nuevas responsabilidades); porque tu pareja fallece, te separas o tu matrimonio termina; porque tus hijos se van de casa a comenzar su vida; o cualquiera de las estructuras organizacionales o familiares evoluciona y se transforma.


Además de estos eventos vitales, cada vez que pasamos de una etapa de la vida a la siguiente implica enfrentar un final que nos impulsará a crecer (la infancia, la adolescencia, la juventud, la edad adulta, la madurez, la vejez y la muerte). Para gestionar bien los finales tenemos que aprender a "dejar ir" y pasar por todas las fases del final.


Los cambios siempre implican un final y, aunque no nos gusten, los finales son una parte de nuestra vida, así que es mejor aceptarlos y familiarizarnos con ellos. Cuando nos resistirnos al cambio y no nos prepararnos para adaptarnos, sufrimos más. La estabilidad no es lo normal, intentar ser estables nos hace entrar en conflicto con la realidad, nos frustra, nos roba energía y nos provoca ansiedad y miedos.


Cada final es diferente y, cómo lo enfrentes, depende de tu habilidad personal, de las experiencias de vida que hayas tenido, de tu personalidad y de cómo han enfrentado situaciones similares tus padres o amigos. No hay nada escrito, cada final lo vas a encarar con la mochila de experiencias que traes y el sistema de creencias que has construido durante toda la vida. Ese sistema de creencias son los lentes que condicionan tu forma de pensar, conforma tus valores y tus emociones; por lo tanto, determina tu marco de vida.


Ese sistema de creencias también limitará tus respuestas cuando tengas que enfrentar un final. Si tú decides divorciarte y tu marco de referencia social y familiar no lo considera como una forma de poner fin a un matrimonio insalvable, lo más probable que el proceso de divorcio sea más doloroso que si vienes de un entorno en donde un divorcio es más aceptable.


Por lo tanto, nuestros comportamientos, emociones y creencias son heredados, en su mayoría, de nuestro entorno familiar y social (padres, abuelos, profesores, colegas, amigos). Cuando nos enfrentamos a situaciones nuevas buscamos en esa caja de habilidades que hemos heredado y sacamos nuestra respuesta frente a lo que nos sucede. También, cuando enfrentamos una nueva etapa de la vida y un final de la anterior, ese equipamiento emocional determinará si lo enfrentamos mejor o peor y como evolucionamos.


Por suerte esas “creencias limitantes” no están escritas en piedra, las puedes cambiar, modificar y reprogramar si no te sirven frente a una situación determinada. Es más, las debes cambiar para enfrentar mejor los cambios más dolorosos de tu vida. En el ejemplo anterior si en algún momento tienes que llegar a divorciarte y tus creencias no te dejan aceptar ese resultado, vas a tener que modificarlas para enfrentarlo o será muy doloroso el proceso.


El miedo que sentimos ante un final es porque lo vemos como una perdida que implicará el cambio. No nos gusta porque lo asimilamos a una muerte o a una pérdida definitiva (no temporal), a una experiencia que termina con nosotros. No nos gusta porque vemos el final como algo muy grave que va a acabar con todo y no consideramos que, en realidad, es la primera fase de una transición y una condición previa para nuestra transformación y nuestra renovación.


Siempre estamos intentando evitar que nos ocurran situaciones que impliquen un final y, por lo general, nos negamos a hablar sobre ellos o intentamos ignorarlos (si te van a despedir intentas negarlo, si uno de tus padres ha muerto prefieres no enfrentarlo).


A pesar de que sabemos que un final es la conclusión de una situación, tenemos que ser conscientes de que también es el inicio de un proceso de transformación; que no es algo definitivo, porque sabemos que “lo único que es definitivo en la vida es la muerte”. Un final te lleva a una transformación, al principio de un proceso de cambio y de recreación.


Una de las caras más visibles del final es el duelo. Todos nos enfrentamos al duelo cuando algo termina (una relación, la muerte de alguien, la pérdida de trabajo, negocio o de tu casa). El duelo conlleva en sí mismo varias fases. La psicóloga Elizabeth Kubler-Ross explica las 5 fases del duelo:

  1. Primero es la negación ante la pérdida, que te lleva a un estado emocional de confusión y a pensar que no ha pasado nada, que puedes seguir haciendo las cosas como si nada hubiera pasado. Ni se lo dices a tu familia y amigos ni lo quieres aceptar.

  2. La rabia hacia ti misma o hacia otros. Aquí sacas todas las frustraciones del pasado y eso implica que ya vas avanzando en el proceso de duelo.

  3. Entras en la negociación cuando, por fin, te das cuenta de que la situación ha terminado y piensas que es posible negociar algo para revertir lo que pasó.

  4. La depresión es la zona más oscura del duelo, pero ya es un paso hacia tu regeneración.

  5. La aceptación o el rechazo son el final del duelo, puedes aceptar lo que pasó y liberarte del dolor o rechazar la pérdida y quedarte estancada en el dolor (no todas las personas consiguen superar un duelo completamente).

A medida que vas superando las fases del duelo, vas desmontando el entorno de la relación con la persona o con la situación que te ha llevado a sufrir el duelo (despido, muerte, separación, mudanza). Después de un final, tu futuro cambia y eso lleva mucha carga emocional.


La identidad que tenías frente a tu entorno y la sociedad, antes de enfrentar esa pérdida, cambia (la identidad de ser una persona casada, la identidad de ser un empleado, la identidad de hijo, la identidad de empresario); los planes de futuro que tenías en ese rol o con esa persona o en esa realidad cambian (jubilarte, retirarte, vivir juntos la vejez, reconstruir tu hogar); el estatus social asociado a la situación anterior a la pérdida va a cambiar; tu rol e identidad pasada se ve amenazada; parte de tu entorno también se tambalea y debes cambiar tu rol dentro de ese entorno. Esta etapa de duelo hay que pasarla y no intentar evitarla.


Esto es como enfrentar una obra de remodelación en una casa. Cuando estás remodelando la cocina de tu casa, tienes que hacer arreglos durante el tiempo que dura la obra (en este caso, para el tiempo que estás enfrentando el duelo); ver dónde vas a comer o cocinar, quizá decidas que no vas a tener invitados (durante el duelo, es mejor estar tranquila y tomar tiempo para ti). Cuando terminas la remodelación de la cocina (cuando ya has pasado el duelo) vas ordenando las cosas, pones todo en su lugar, generas nuevas rutinas en tu cocina nueva (tu nuevo rol, tu nuevo yo como retirada o soltera, por ejemplo) y puedes volver a tener invitados.


Así son los cambios, tienes que tomar previsiones para enfrentar la remodelación de tus emociones, de los cambios que estás haciendo internamente. Por tanto, mientras haces esas remodelaciones emocionales debes de tomar medidas para manejar la situación lo mejor posible, mientras te recreas.


Resistirse a cambiar sólo genera tensión con una misma y con los demás, crea equivocaciones y malentendidos que nacen del desfase que hay entre la realidad y la manera en que la que seguimos viviendo. El cambio trae crecimiento, la fuente de tu sufrimiento viene del apego a la situación anterior. Pero, si las circunstancias han cambiado, ¿cómo puedes esperar que tus rutinas y costumbres sigan funcionando? Los momentos de cambio son en esencia oportunidades para mejorar.

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